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jueves, noviembre 20, 2008

Cuello

Estaba  cómodamente chingándome una birria bajo el toldo del carrito birriero, tan agusto. Ya casi acaba noviembre y es caso que no se enfrían los días; el birriero tiene la costumbre - ya hecha fama - de servir la birria en ebullición, y a la hora que llegué, creo, las 9 de la mañana o algo así, la sirve tan caliente que cuando terminas de desayunar se te ha calentado la morralla en los bolsillos.

El caso es que estaba elaborando un complicado - por lo frágil de la tortilla - taco de lengua con sesos cuando por un lado de mi pero tirándole a por enfrente, pasó un señor que, lo digo de verdad, con todas las ganas de plasmar aquí mi veldá, qué, no tenía cuello.

Así es, casi frente a mi pasó un señor al que no se le distinguía cuello alguno, no vestigio de que hubiera estado allí, los comensales, el señor birriero y su cajero/garrotero/cortadordelimones nos quedamos pasmados, unos con el taco a medio despanze camino a la boca, otro con el cucharón derramando de vuelta a la olla, el ayudante contando billetes sin ver -ni contar-; fue un espectáculo muy muy raro, todos nos quedamos quietos, esperando que este señor sin cuello realizara una acción ante la cual fuera menester tener un cuello.

No volteó la cabeza, no se agacho, no miró al cielo, no pudimos explicarlo.

Pero de los presentes, todos hemos al final opinado que ese señor simplemente no tenía cuello.


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