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martes, febrero 12, 2008

Nada es algo

Después de no se cuántos años, tal vez una década, no había descubierto un hoyo en mis calcetines, hasta hace unos días; debo decir que ha resultado una experiencia por demás inquietante, no por el asombro evidente de poder lanzar una mirada a través de una ventana en la prenda, sino porque parece una epidemia de hoyos en los calcetines, desde entonces he descubierto tal vez cuatro más, en distintos calcetines.

Tomo mi tabla mental y surfeo un poco en las olas del pasado ya un tanto lejano, recuerdo cuando los hoyos en mis calcetines eran cosa más común que orinar y atinarle a la taza.

Cuando era niño, sólo había una cosa mejor que caminar descalzo, era caminar con calcetines, esta diferencia de placeres se compensaba evidentemente por la magistral regañada de mi madre y/o mi abuela por dejarlos hechos unas garras irreconocibles; estaba seguro, desde temprana mi infancia, que si de grande fuera a la luna, sería en calcetines.

Dejé de usar estas prendas tan versátiles el día que decidí probarlos en la bicicleta dando algunas vueltas a la manzana - para calar las distintas variables de performance que había ya identificado en estos simples artículos de algodón -, la cadena atrapó el calcetín a la altura del tobillo, en menos de un segundo después, la bicitleta y su piloto eran un solo ente mitad carne, mitad fierros raspados.

Comencé a dudar.

Tal vez en mis descuidos e inconciencias de adolescente tuve a bien lidiar con estos agujeros, seguramente porque olvidaba cortarme las uñas de los piés, sabemos que una uña del dedo gordo que se deja crecer, en un humano con poquito más calcio del normal, pude cortar mezclilla, lona gruesa y perforar la yugular de un elefante adulto.

Sin embargo, a los hombres, los hoyos en los calcetines no nos generan ningún problema, al igual que en los calzones; es cuando la impresión ante las mujeres comienza a ser relevante, trascendente, importante y sobre todo, inquietante.

Al igual que el talco,
los agujeros en las prendas interiores y todo eso que es así son algo que se cuida mucho, lo curioso es que a pesar de que se piense que un hoyo es fácil de disimular a la hora de desvestirte frente a una chica, no es así, los calzones, calcetines y otros detalles que nosotros no tenemos ni puta idea, son cosas que las mujeres observan sin avisarnos, para enterarse con qué clase de pelado se están metiendo a la cama. Así pues, cero hoyos.

Ahora vuelvo al presente para pensar un poco sobre lo que pasa con mis calcetines, huelga decir que son relativamente nuevos y no se lavan con cloro, todos padecen el mal en el mismo lugar, en el talón, digo, mis talones no son unos cachetes de querubín pero tampoco sacan chispas contra el suelo. No entiendo.

Me dan lástima, no puedo tirarlos, los usaré un poco más, andaré con ellos por la casa, recordaré mi infancia, correré en el patio, dejaré que mi gato juegue con ellos, tal vez hasta patee un balón o cruce la calle en calcetines, a la tienda donde nunca hay nada.

Una epidemia de cachitos de nada en mis calcetines, me tiene sonriendo desde ayer.


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