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viernes, febrero 22, 2008

Afilaciones

A razón de ser sincero, ignoro cómo comenzar a escribir esto; pienso ahora que puedo iniciar diciendo que en el mundo hay cosas que están diseñadas para tener filo, y las que no; por ejemplo un cuchillo de cocina y una malteada de chocolate.

La historia de mi vida en lo que respecta al filo de los cuchillos y de toda una cundina de artilugios ha corrido desde desairada a exitosa en partes iguales, la primera por parte de madre, la segunda, por parte de padre.

Antes de que yo naciera, mis padres tuvieron a bien enamorarse - o creer que lo hacían - y casarse, mi madre no sabía cocinar, mi padre ya era un cocinero de mucha categoría, él fue quien le enseñó todas las cosa básicas de cocina desde cocer arroz a preparar guisados complicados. Excepto cómo afilar un cuchillo.

Eventualmente mis padres se separaron, y yo me quedé - entre otras cosas - atrapado entre dos mundos, uno con filo, otro sin él.

Del lado de mi padre no hay mucho que decir por la simple razón que todo lo que en su mundo debe tener filo, lo tiene, y mucho. Sus cuchillos, tijeras, sierras, navajas tienen siempre tanto filo como para cagar del susto a un Ninja.

Por otro lado, desde que tengo recuerdos, en mi casa materna nunca ha habido nada con veradero filo, sólo tontas ilusiones.

Mi abuelo, nada machista pero sí un hombre de rancho y comerciante, sabía que lo único que le interesaba a él como herramienta con filo era un machete, cualquier otra cosa era asunto de viejas; de ahí que en la cocina, mi abuela y la servidumbre en turno nunca se ocuparan por afilar sus cuchillos; esta situación eventualmente les revolvió los conceptos "cortar" y "machacar" para fundirlos en uno solo, "dar en la madre".

En la cocina de mi abuela, cortar un plátano pelado era tarea suficiente para generar ~TUC~ fuerte contra la tabla; picar tomate y cebollas tomaba tanto tiempo que la cocinera comenzaba a preparar la comida terminando el desayuno a las ocho de la mañana.

Los cuchillos de mesa nunca tuvieron filo, creo que me enchuequé los dientes por tener que desgarrar mas de 5000 bisteces a lo largo de mi infancia, por negligencia de mis alimentadores.

Cuando comencé a encargarme de mi comida en la casa, cosa que no hacía siempre pero sí con mucha frecuencia ya que de mi padre heredé el placer de cocinar, compré un buen cuchillo de chef, lo mantuve con peligroso pero necesario filo para cortar alimento que se me cruzara frente a mí. Cuando me fui de la ciudad hace un año, le dejé el cuchillo a mi madre.

- Madre mía, te dejo este cuchillo con gran filo, para que cortes bien las verduras y la carne, porque lo último que vi en tu bistec ranchero parecía que lo agarraste todo con la puerta del carro.

No fui sutil, pero la analogía me resultó inevitable. Hace un par de días regresé a comer con mi madre y encontré el cuchillo que le regalé, parecía peine, lleno de muescas, mellado y creo que hasta lo escuché sollozar (o como chingados se escriba). Parecía que lo había usado para rebanar carreteras o algo así de exagerado, al cuestionarle me responde que lo afila siempre contra la orilla de la jaridinera que está en el patio, que el cuchillo corta como los dioses.

Después de abstraerme por quizá dos segundos para imaginarme a algún dios afilar su cuchillo contra una majestuosa jardinera fui a comprar una piedra para afilar y regresé a casa a hacer lo que era necesario, recuperar el filo del cuchillo.

Después de casi media hora de afilar y pulir logré eliminar las muescas en el filo, llamé a mi madre a la cocina para demostrarle la guapura de cuchillo que había dejado todo bien afilado.

- Mira madre ya te afilé el cuchillo, quedó el filo poca madre, impecable -
- Ay, para qué tanto filo? -
- Pos para que no parezca que bateaste la comida -
- No seas exagerado -
- Mira jefa, mira que fregón se corta esta cebolla -

~ay~

- ¿Qué?
- Me corté -
- ¡Te lo advertí! menso.

Al final de cuentas, ahorita que detengo la escritura para meditar rápida y frugalmente, lo único filoso en común, entre mi padre y mi madre, es su carácter.


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