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miércoles, enero 02, 2008

Tacos de enfrente

Siempre que llego de vuelta a esta pequeña pero relinda ciudad, como ya lo dije en el post anterior - o el anterior al anterior, sepa - hay sorpresas, unas interesantes como nuevos edificios donde uno siempre pensó que se quedaría desierto hasta la muerte, una de las calles principales de la ciudad que cruza el centro "histórico" ahora está perfectamente ajuareada con adoquín (o como chingados se escriba), una amiga se cayó mientras patinaba en el malecón, se rompió la muñeca en algo así como cuatro o cinco pedazos, trae un extraño artefacto que sale de su piel, incrustado en sus huesos, da escalofriós, pero bueno ni modo de no saludarla por ello, sólo le pedimos con mucha delicadeza, que apunte para otro lado.

La mejor noticia fue enterarme, cuando cayó la noche, que la taquería que estaba frente a mi casa y se había ido hace como dos años ha regresado, los dueños cambiaron de ubicación en aquel entonces argumentando que la renta del espacio era muy cara, se fueron a una esquina lejana y extraña donde, según me han contado ellos mismos, los clientes no querían carne tan blandita y jugosa, le pregunté si sus clientes eran humanos o perros. Se quedó callado.

Esa noche que descubrí que los deliciosos tacos de carne asada habían vuelto no pude hacer otra cosa que ir a comerme unos cuantos en tortilla de harina - acá son de manufacura decente no como en el DF - y otras cuantas tostadas de maiz.

Cuando llegué no había muchos comensales, solo una pareja con una bebita, el esposo ya había terminado de comer y cargaba la bebita mientras su esposa finiquitaba con tristesa un taco, él le prgunta - Ya pago amor, o quieres algo más? -, el pobre no debió decir nada y pagar tal vez, la señora, con la boca llena sólo hizo el gesto al taquero con los dedos, quería tres más.

El episodio continuó, la señora que, por no decir de más, estaba más ancha que la banda de internet de los cuarteles de microsoft y se sentaba en la barra ocupando un banquito completo y la mitad del otro como preventivo de desborde, comía y comí, yo recibí mis tacos y los comí con cierta cadencia entre platica con el taquero y su esposa que son buenos conocidos, la señora ordenó otro kit de tres tacos, sin pararse, sin aun terminar de masticar el taco anterior, noté que su esposo no era gordo, de hecho hasta un poco delgado, y mientras miraba la escena completa y notaba también como él cabría unas tres veces en la ropa de ella no pude evitar ver la cara que él ponía cuando el amor de su vida pidió lo que para esas fechas sería la quinta orden de tacos, en su mirada veía algo entre tristeza y dolorosa resignación, todo el asiento del banquito de soporte principal literalmente había desaparecido.

Ella terminó de comer, fueron de veinte tacos contando los que él comió, seis.
Yo ordené dos tacos más, la señora pidió que le regalaran unas cebollitas asadas, para el camino.


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