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martes, noviembre 13, 2007

talc to you

En mis primeros 13 años de vida, el talco fue un ingrediente indispensable en mi diario existir, esta cosa polvosa, fina, secante y desodorante fue importante como lo es para todos los niños que fuimos - como lo son los actuales y los que siguen - unos hediondos.

Cuando recién nací ya era un niño muy bonito - de grande se me quitó lo bonito, me hice guapo, snif -, y estoy nomás así suponiendo que mi primer contacto con el talco fue en las nalgas cuando después de invitar a mi primer carga de desechos a conocer mi nuevo mundo, mi madre tomó la decisión de empolvarmelas para evitar rozaduras y demás perjuicios en mi frágil trasero.

Supongo que no mucho después hubo que aplicar talco en mi cuerpo completo en aquellos días de calor sofocante en que mi piel se irritaba y todo eso.

Hasta allí las cosas eran detalles tiernos de un bebé que es indefenso y apestoso en momentos de evidente inevitabilidad; el problema tal vez comenzó - y así la estrecha relación con este polvo, que duraría una década - cuando ya no pudo nadie, ni mi abuelo, seguir llamándome "bebé" y me convertí en niño.

Imagino aquel día, ya siendo niño, que regresé de la primaria, había tenido mi primera sesión, en el recreo, de gato, encantados, y lucha libre en la tierra, han de haber pensado que el señor del transporte escolar se equivocó de entrega, pero no, era yo, agrio.

De ahí fue probablemente cuando las patas comenzarón a apestar, mucho, terriblemente, un sólo zapato podía impregnar la casa completa que debo decir era grandísima, olía muy mal y no había como evitarlo, mi madre o mi abuela lo que hacía cada vez que me quitaba el calzado lo metían en una bolsa de plástico o los subían al techo a que se horearan.

Yo? no entendía por qué, ya de grande escuché el dicho que dice "el cuetero no huele la pólvora" y entendí por qué de mi inocente indiferencia.

Cuando nos juntabamos varios "amiguitos" en alguna casa a jugar fútbol o a los pelotazos, la madre encargada de la reunión sufría mucho, recuerdo caras de algunas de nuestras madres en un verdadero suplicio, pobres.

Luego, supongo yo que otra Desperate Mother le pasó el tip de mezclar ácido bórico con un buen talco desodorante - mi madre ya no ganaba para talcos - y lo aplicó; ya habían pasado muchos años de sufrimiento pero por fin lo logró, eliminó el problema.

Desde entonces tengo la costumbre de usar talco en mis pies, por higiene y porque se siente muy agusto y seco; pero antes usaba demasiado.

Ya de grandecito recuerdo la primera vez - o una de esas primeras veces - en que estaba con una chica en mi cama, la cosa se puso caliente, el verano se acercaba, habia calor en el ambiente y en nosotros, sudaba ella, sudaba yo, ambos ibamos irremediablemente en el camino correcto a coger.

Comenzamos a quitarnos la ropa, yo se la quité primero, recuerdo ese cuerpo delgado y firme, luego ella siguió en turno a desvestirme, quitó mi camisa, cinturón, bajó el zipper y abrió mis pantalones, antes de quitármelos se puso de rodillas en la cama para quitarme los calcetines.

Cuando quitó el primer calcetín de un sólo tirón, recuerdo nomás una nube blanca en su cara, luego estornudos y ojos llorosos. No hubo sexo.

Ahora sigo usando talco en los pies, pero poco, uno crece y logra depurarse hasta llegar a una higiene impecable; sin embargo, cuando se que puede pasar algo con alguna chica, esa noche prefiero no usarlo.


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