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sábado, agosto 25, 2007

Stopwaters

Anoche salí de la oficina algo tarde por dos razones, la primera, laboral, tuvimos muchos evento al mismo tiempo y de siete personas que somos en la agencia, cada quien se tuvo que dividir en dos para hacer el trabajo de catorce, así que a las 10 de la noche aún estabamos echos bolas con un último evento pendiente para este sábado, todo salió bien, gracias a D... nosotros.

La segunda razón por la que salí tarde, puesto que es posible haber salido una hora antes cuando las cosas ya estaban bajo control, fue la tormenta que no se detenía y parecía empecinada en joder a más de cinco; esperé a que se fuera alguien con coche y me dejara de perdida cerca de casa, y así fue.

Si hay algo que amo de esta ciudad es la lluvia, lluvia todos los días, frío, nubes y días grises, en mi tierra los veranos son abrasadores y las nubes solo aparecen para decir "mira toda el agua que traigo, y no vas a ver cuando la tire en algún otro lugar".

Aquí me encanta el hecho de tener que traer un paraguas siempre en mi mochila listo para usarse, cuando llueve en mi tierra usar paraguas es simplemente una ganzada, un acto digno de pena ajena, cuando llueve es como un cubetazo celestial, 10 minutos el agua de todo el año y ya, en 15 minutos vuelve el puto sol de siempre, allá cualquier "techito" en la acera te salva y no pierdes tiempo.

Ciertamente, no voy a mentir claro, aún no domino el uso del paraguas, no es la gran chingadera pero uno no está acostumbrado a andar caminando entre la gente y demás debajo de una palapa.

Ya casi le saco los ojos a una señora, ya incurrí en varias colisiones paraguas-paraguas lo que explica la "curita" que le puse a mi paraguas por dentro para tapar una gotera muy seria.

Anoche que conseguí el aventón, me dejaron en una estación de metro y mientras caminaba con mi poca experiencia para maniobrar la madrola esa entre gente, lonas, mecates y cablés eléctricos, di una vuelta complicada entre una doña, dos niños una escalera, dos mecates y lo peor, una extensión eléctrica.

Pude sortear todos los obstáculos excepto el que resultó ser el más importante, la extensión eléctrica que en mi defensa era color negro y no se veía ni madres.

En un movimiento estrambótico con alguna parte del armatoste antimojaduras arranqué el mentado cable que noté inmediatamente, surtía del preciado fluido de electrónes a más o menos diez puestos.

Gracias a la oscuridad reinante después del desafortunado desconecte, sólo escuché mentadas de madre y muchos muchos "quién fue el hijo de la chingada", ya no quise obviamente detenerme a disculparme o reconectar la extensión, aceleré el paso y crucé la avenida en verde (y también en chinga) escuchando pasos detrás de mi (según yo).

A unos doscientos metros de distancia, sintiéndome a salvo de cualquier acto de venganza, volteo la mirada a la esquina oscura, aguardé bajo la lluvia (y bajo el instrumento del delito) a que se iluminara de nuevo, desesperé y retomé el curso sin saber si encontraron el cable que desconecté.

Sólo a mi me pasan estas chinagderas, espero no me recuerden o así, porque en esa esquina venden unas quecas de huitlacoche y chicharrón prensado muy muy chingonas, snif

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