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lunes, agosto 20, 2007

EL Gran Chicle

Cuando era niño mis padres jugaban mucho conmigo, los fines de semana siempre eran de papá y mamá, por separado, se divoraciaron cuando yo era apenas un bebé y no puedo agradecer más esa decisión porque inmediatamente pude percibir que una hippie con sentido de responsabilidad y un músico-fotógrafo bohemio no podían permanecer juntos por las buenas.

Con mi padre siempre fueron actividades muy interesantes, era como mi Discovery Channel personal, desde buceo, tiro con arco, basquetbol hasta atrapar peces para el acuario.

Con mi madre eran actividades menos complejas, pero no menos relevantes en mi desarrollo como infante, que ahora me parezca a Pedro Infante no tiene ninguna relación con mi desarrollo como Infante, aclaro; con mi madre eran juegos de corretear por la casa jugando al gato, las luchitas, a las canicas o al trompo.

Uno de esos días en que mi madre se ponía a jugar conmigo surgió la inquietud que a todo chamaquín le nace tarde que temprano, hacer bombas con el chicle.

La jefa fue a la tienda (que era de mi abuelo y estaba en la esquina y conectaba con la casa mediante un pasadizo secreto detras de una vitrina muy antigua y que, juraba yo, era habitado por Batman) y consiguió un puñado de chicles para impartir emocionada la nueva clase a su retoño.

Eran chicles Motita de naranja (todavía puedo recordar ese aroma a tang asoleado), me pidió atención por lo que me senté muy cerca de ella para observar el arte del masticado y la manufactura oral de la bomba.

Jamás había visto una bomba tan grande y colorida en mi vida (excepto en los concursos de chabelo, pero no en vivo), mi madre quizo romperla con la punta de mi nariz, y POF!, la bomba estalló en mi cara pegando y cerrándome los ojos por completo, en mi desesperación grité y tallé con mis manos sólo para empeorar el pegosteo.

Esta morra usó hielo, aceite, y muchas cosas, no se por qué tenía en aquellas épocas las pestañas tan pinche largas, fue más de una hora de suplicio.

Todo al final salió bien, pero estoy seguro que hubiera perdido menos pestañas y todo se hubiera solucionado en mucho menos tiempo si mi madre, en aquellos tiempos una jovencita muy graciosa, no se hubiera estado cagando de risa.

Anoche no pude dormir bien, o más bien me desvelé a lo wey, sin quehacer, hoy las cuatro alarmas que tengo en cuidadosa sucesión no lograron despertarme, cuando me enteré que era hora (ya tardía) para levantarme, moría de sueño aún y no podía abrir los ojos, estaban como pegados por un gran chicle de naranja.

No tuve mucho tiempo para quedarme tirado en la cama a disfrutar el recuerdo mas que para caminar a ciegas entre carcajadas y solucionar el problema con un regaderazo.

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