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domingo, mayo 14, 2006

"Beso Urbano" De la serie Crónicas Defeanas

Esta es una ciudad muy grande, no, es infinita, y pensar que pude venir a habitar temporalmente este lugar con las más turísticas esperanzas de conocer pirámides, museos y demás sitios históricos y culturosos; pero no, nunca he sido del tipo turísta que carga una cámara y pone cara de "juro que aquí estaba y ya no".

Mi hábito es conocer gente, mi costumbre es no tener maña ni más meta que ser un visitante y conocer la calle, la gente y los distintos lugares donde ésta se junta para consumir el ya bien conocido (y amado por arriba de muchas otras cosas vanas) alcohol.

He disfrutado las tardes y noches de lluvia, amanecer tarde con el sol sucio entrando por la ventana que me han prestado para vivir, he vuelto a aprender a caminar y rodearme de miles de personas que no conozco y que no les interesa mi existencia mientras navego con mi billetera en la bolsa de adelante.

No vine esperando mucho de la ciudad de la esperanza, así soy, no espero nunca mucho de nada, o, nunca espero nada, mucho menos mucho de algo, al fin... nada.

Pero las cosas se reciben mejor cuando llegan así, como golpe de viento o resfriado de noche lluviosa.

Así he recorrido la noche completa más de tres veces, he visto como esta metrópoli despierta, se rasca el trasero, toma café se lava los dientes y arranca su día ajetreado, en poco he visto mucho y sentido mucho más.

Al no esperar sin intención esperaba todo lo qye he vivido aquí, me sentí dueño de las situaciones en la medida de mi "alienidad", sin alarmas, sin sorpresas.

Sin embargo, no soy profeta en mi tierra, mucho menos en esta tierra, donde más profetas viven y líneas se cruzan, como ejes, micros, metros y taxis, como peatones rockeros, oficinistas, viene-vienes, valets parking, meseros, policías y la gente que he visto sin oficio, todos cruzados en la maraña capitalina que me jugó un truco dulce y de labios delgados y bonitos.

Destruí por fin la bastilla de mis pantalones cruzando aquel parque, compré un sandwich para un niño pobre que desapareció ante el descuido de mirarnos a los ojos, cuidé la integridad de una coca cola abierta y tibia de las inclemencias del tiempo que traía viento y agua, conocí el castillo a lo lejos bajo el primer atardecer decente con rayos de sol dorados y naranja.

Afuera del metro Chapultepec, rodeado de microbuses agaché la vista y toqué su barbilla sin pensar en nada, no supe, no pensé, y robé algo así me dijo, después del instante en que las miradas no saben si cruzarse o perderse en la muchedumbre, la fila se movió por fin y antes de poder decir "bye" recibí el beso más urbano jamás recibido por estos labios.

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